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Estimados vecinos y vecinas,
Este fin de semana, mientras el cielo se enciende con fuegos artificiales y el ruido del festejo intenta imponerse, hagamos silencio por un instante y preguntemos con el corazón abierto: ¿Qué significa realmente la libertad en la América de hoy?
¿Qué valor tiene esa palabra en un país donde los derechos se eliminan con una simple firma, donde las familias son separadas en la oscuridad de la madrugada, y donde unos pocos millonarios manipulan el sistema mientras la mayoría carga con las consecuencias?
Este 4 de julio no escribo con los ojos deslumbrados por fuegos artificiales, sino con el corazón claro y despierto. Porque mientras ondean las banderas y suenan los himnos, millones se preguntan: ¿a quién pertenece realmente esta celebración?
Se aprueban leyes a puertas cerradas—sin apoyo popular, sin transparencia, sin conciencia—no para hacer justicia, sino para concentrar poder. Las familias inmigrantes son perseguidas como si fueran criminales. Las comunidades negras y latinas enfrentan violencia institucionalizada. El cuerpo de las mujeres sigue siendo legislado. En nuestra ciudad, los inquilinos enfrentan otro aumento de renta—3% para contratos de un año, 4.5% para los de dos—mientras los edificios se deterioran, las reparaciones no llegan y los propietarios se siguen lucrando.
En todo el país, demasiadas personas son atacadas simplemente por su origen o por cómo lucen—un recordatorio doloroso de lo que ocurre cuando el odio se envenena con miedo y cuando, en lugar de sanar nuestras heridas más profundas, se las convierte en herramienta de poder por parte de politiqueros oportunistas.
Y mientras tanto, los ultra-ricos han secuestrado nuestro sistema, reescribiendo las reglas a su medida y desmantelando conquistas que costaron generaciones de lucha.
Eso no es libertad. Es un espejismo—construido sobre el sufrimiento de otros.
En momentos como este, resuena con fuerza el discurso incendiario de Frederick Douglass, cuando se dirigió a una nación dividida y preguntó: “¿Qué significa para el esclavo estadounidense su Cuatro de Julio?” No fue una provocación gratuita, sino una revelación brutal: la enorme distancia entre la promesa de libertad y la realidad vivida de la opresión.
Sus palabras siguen vivas. Siguen desafiándonos a mirar de frente las contradicciones y las injusticias que persisten en nuestro tiempo.
Por eso, hoy repetimos su pregunta. Porque, ¿qué significa este feriado para la clase trabajadora, para los inmigrantes, para las mujeres, para quienes han sido históricamente marginados, si no un recordatorio de libertades aún negadas y sueños aún aplazados?
Y aun así—nos reunimos. Aun así—amamos. Aun así—soñamos. En eso también hay resistencia. Esa es nuestra revolución silenciosa.
Este fin de semana, les invito a compartir con sus seres queridos, a celebrar la alegría que construimos en comunidad. Y en esos momentos de pausa, preguntemos con honestidad: ¿en qué país queremos vivir? ¿Qué tipo de libertad estamos dispuestos a defender?
Porque la verdadera libertad no se entrega desde arriba—se construye desde abajo. Por y para el pueblo.
En las secciones que siguen, encontrarán información comunitarios y recursos vitales. Porque la democracia no es un acto simbólico—es un esfuerzo diario que se construye en colectivo.
En solidaridad,
RJ
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