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Estimados vecinos y vecinas,
En tiempos de incertidumbre, el verdadero liderazgo se reconoce no por la estridencia de sus palabras, sino por la firmeza y claridad de su rumbo. Hoy, en todo el país, las familias enfrentan el peso de precios de alimentos cada vez más altos, un sistema de salud oneroso, el impacto de conflictos internacionales y la pérdida de empleos manufactureros que alguna vez sostuvieron la estabilidad de nuestras comunidades. Estos son los problemas que deberían ocupar por completo la atención de la presidencia.
Sin embargo, vemos cómo se invierte tiempo y recursos en fabricar crisis, como la supuesta “ola de criminalidad” en Washington D. C., mientras las necesidades reales de las familias trabajadoras siguen sin respuesta. No es un accidente. Es la introducción calculada de un modelo autoritario: un poder que no busca unir, sino castigar la disidencia, normalizar los abusos y distraer de las verdades incómodas.
En las últimas semanas, la Casa Blanca ha reactivado la investigación sobre Rusia, acusado de traición al expresidente Barack Obama y desplegado tropas activas en las calles de la capital, incluso cuando las cifras de criminalidad han caído a su nivel más bajo desde antes de la pandemia. Estas acciones pueden presentarse como maniobras políticas, pero son tácticas propias de gobiernos que temen más a su pueblo de lo que lo sirven. Y aunque parezcan distracciones momentáneas, la historia nos advierte que, repetidos con suficiente frecuencia, se transforman en la forma misma de gobernar.
El uso de fuerzas militares para labores de control civil no es nuevo en los anales del autoritarismo. Es un ensayo para medir la tolerancia pública, una señal tanto para aliados como para adversarios. Hoy ocurre en Washington D. C.; mañana podría ser en Nueva York, Chicago o cualquier ciudad cuyos habitantes se atrevan a disentir.
Mientras tanto, el trabajo esencial sigue pendiente. Cada hora y cada dólar dedicados al espectáculo se restan de la vivienda, la educación, la salud, el aire limpio y el agua limpia: los verdaderos cimientos de la seguridad y la prosperidad.
Como su senador estatal, asumo este momento con la seriedad que merece. He lanzado estas advertencias antes, no movido por intereses partidistas, sino por el deber de proteger los derechos y libertades de nuestra gente. Debemos enfrentar el riesgo del uso excesivo de la fuerza, la erosión de los derechos civiles y la degradación de nuestras normas democráticas antes de que se arraiguen. En Albany, tenemos la responsabilidad de utilizar todas las herramientas legislativas y legales para salvaguardar el poder del pueblo, proteger nuestras instituciones y asegurar que Nueva York siga siendo un bastión de libertad y justicia.
Este momento nos exige vigilancia y determinación. La historia se escribirá no solo con las acciones de quienes ocupan el poder, sino con el coraje de quienes se oponen a todo intento de debilitar las libertades conquistadas por generaciones. Nuestra tarea no es únicamente resistir lo que está mal, sino construir lo que es justo. Y eso implica mantenernos informados, organizados y unidos, porque la democracia no se defiende sola.
Mientras seguimos trabajando por un Nueva York más seguro, más justo y más fuerte para todos, deseo que este fin de semana les traiga descanso, fuerza y determinación. Gracias por su compromiso, su solidaridad y su fe en un futuro que construiremos juntos.
En las siguientes secciones, encontrarán recursos esenciales y actualizaciones comunitarias. Porque la democracia no es un regalo: es una práctica. Y la ejercemos, codo a codo.
En solidaridad,
RJ
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