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Estimados vecinos y vecinas,
Los seres humanos siempre hemos demostrado una capacidad extraordinaria para inventar el futuro antes de decidir qué hacer con él. Cada generación ha tenido que enfrentarse a alguna innovación que llegó antes que las reglas necesarias para entenderla, regularla o ponerle límites.
Las fábricas transformaron nuestras ciudades antes de que los trabajadores contaran con protecciones laborales significativas. Los automóviles llenaron nuestras calles antes de que los semáforos, las licencias de conducir y las normas modernas de seguridad lograran ponerse al día. El internet conectó al mundo mucho antes de que comprendiéramos plenamente cuánto podía costarnos una economía construida sobre nuestra atención, nuestros datos y nuestra vida privada, o qué podía significar para el debate público e incluso para nuestra propia comprensión de la verdad.
Una y otra vez, el ingenio humano ha avanzado más rápido que las instituciones encargadas de proteger al público.
Ahora, la inteligencia artificial puede representar la prueba más trascendental hasta hoy de si verdaderamente hemos aprendido algo de esa historia.
Esta semana pasada, mientras líderes de todo el mundo se reunían aquí en Nueva York para la Asamblea General de las Naciones Unidas, la inteligencia artificial llegó hasta el Consejo de Seguridad en medio de advertencias cada vez más serias sobre el poder que estos sistemas podrían llegar a adquirir y sobre las consecuencias que podrían producirse si la supervisión humana no logra avanzar al mismo ritmo.
Estas preguntas ya no pertenecen exclusivamente a los laboratorios ni a las páginas de la ciencia ficción. Están entrando en nuestros lugares de trabajo y nuestras aulas, en nuestra privacidad y nuestros derechos civiles, en la información en la que confiamos, en las decisiones que se toman sobre nuestras vidas y, en última instancia, en una pregunta esencial: quién responde cuando a las máquinas se les concede el poder de tomar decisiones que pueden cambiar el rumbo de una vida.
Debemos escuchar esas advertencias con atención, sin entregarnos ni al pánico ni a la complacencia.
El peligro no es la innovación en sí misma. El progreso humano siempre ha dependido de nuestra voluntad de imaginar aquello que todavía no existe. El peligro es una tecnología sin rendición de cuentas, una capacidad sin supervisión y decisiones tomadas sin transparencia.
En el ámbito de la política pública, una parte de este desafío tiene un nombre: el “problema del desfase”. La tecnología puede transformarse prácticamente de un día para otro, mientras que las leyes, las escuelas, las instituciones y la comprensión pública necesitan tiempo para adaptarse. Pero la democracia no puede simplemente resignarse a esa distancia. Mientras más rápido avance la tecnología, más urgente se vuelve nuestra responsabilidad de formular preguntas difíciles, establecer límites y proteger a la gente antes de que el daño termine convirtiéndose en el precio del progreso.
La inteligencia artificial ya está cambiando la manera en que trabajamos, aprendemos, nos comunicamos, consumimos información y tomamos decisiones. Sus posibilidades son extraordinarias. También lo son las responsabilidades que vienen con ellas. Una tecnología con suficiente poder para moldear vidas humanas nunca debe llegar a ser demasiado poderosa para que los seres humanos podamos gobernarla.
Ahí es donde el gobierno tiene la responsabilidad de actuar.
En un momento en que Washington ha favorecido un enfoque federal más limitado en materia de regulación, Nueva York ha decidido establecer sus propias salvaguardas. El año pasado aprobamos la Ley RAISE, de la cual fui copatrocinador, que exige a los principales desarrolladores de modelos avanzados de inteligencia artificial divulgar sus protocolos de seguridad, reportar incidentes críticos y operar bajo una nueva estructura estatal de supervisión.
Y nuestra responsabilidad no puede terminar ahí.
Este año, la Legislatura continuó enfrentando lo que la inteligencia artificial significa para los trabajadores, los consumidores, los jóvenes, la infraestructura pública y la prensa. Entre esos esfuerzos, aprobamos legislación que exige informar al público cuando el contenido noticioso ha sido generado de manera sustancial o total mediante inteligencia artificial. En una democracia, las personas merecen saber si la información que reciben proviene del trabajo periodístico de seres humanos o si fue producida por una máquina.
El principio que conecta todo este trabajo es sencillo: la tecnología seguirá cambiando. La obligación fundamental del gobierno no cambia con ella. La innovación debe ampliar las posibilidades humanas sin reducir la dignidad humana.
Y quizá en ningún lugar esa responsabilidad sea más importante que en nuestras escuelas.
Los niños y jóvenes que hoy se sientan en las aulas de Nueva York heredarán una economía, una democracia y una vida cívica profundamente moldeadas por tecnologías que apenas comenzamos a comprender. Prepararlos para ese mundo no puede significar simplemente enseñarles a utilizar nuevas herramientas. Debemos darles los conocimientos necesarios para comprenderlas, la curiosidad para cuestionarlas, el criterio para reconocer sus límites y la confianza para saber cuándo la sabiduría humana debe tener la última palabra.
Por eso veo una conexión directa entre las leyes que escribimos hoy y las aulas donde el mañana ya está comenzando a tomar forma.
La legislación, cuando cumple con su mejor propósito, es una sociedad que se niega a quedarse de brazos cruzados esperando las consecuencias.
Nunca podremos escribir leyes con la suficiente rapidez para anticipar cada invento, cada algoritmo o cada transformación que todavía se encuentra más allá del horizonte. Pero sí podemos decidir qué valores deben permanecer firmes cuando todo lo demás cambia: la transparencia frente al secreto, la rendición de cuentas frente al poder sin control, la oportunidad frente a la explotación y, por encima de todo, la dignidad humana.
Amo a Nueva York porque este estado nunca ha sido un solo rostro, una sola lengua, un solo vecindario ni una sola manera de imaginar el futuro. Somos millones de personas que cargamos historias distintas y esperanzas diferentes, compartiendo aceras abarrotadas, salones de clase, lugares de trabajo, vagones del metro y este extraordinario experimento de vivir juntos.
Sea cual sea el futuro que la inteligencia artificial ayude a construir, ese futuro debe seguir perteneciéndoles a ellos: al trabajador cuyo empleo está cambiando, al estudiante que está descubriendo lo que es posible, al inmigrante que está construyendo una nueva vida, al padre o la madre que se pregunta qué clase de mundo heredará su hijo, y a cada neoyorquino que merece tener voz en las decisiones que están dando forma a su mañana.
El futuro llegará, esté preparado el gobierno o no.
Nuestra responsabilidad es asegurarnos de que, cuando llegue, las personas no se limiten a habitar un futuro diseñado para ellas. Deben seguir teniendo voz para decidir en qué se convierte ese futuro.
En las secciones a continuación, comparto parte del trabajo que estamos realizando para cumplir con esa promesa, junto con actualizaciones de nuestra comunidad, recursos y oportunidades de distintos rincones de nuestro distrito.
En solidaridad,
RJ
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