|
Estimados vecinos y vecinas,
Hay fechas que marcamos en el calendario, y hay fechas que el calendario apenas puede contener.
El 11 de septiembre pertenece a esas últimas.
Han pasado veinticinco años desde que una mañana clara de martes se convirtió en uno de los días más oscuros de la historia de nuestra nación. Toda una generación ha crecido conociendo los ataques principalmente a través de fotografías, salones de clase y las historias que hemos transmitido. Sin embargo, para millones de nosotros, el 11 de septiembre de 2001 no se siente del todo como historia. Recordamos el azul del cielo antes del humo. La terrible incertidumbre. Las fotografías de seres queridos desaparecidos colocadas por toda nuestra ciudad. Las familias esperando una llamada telefónica que nunca llegaría.
Casi 3,000 vidas fueron arrebatadas ese día. Detrás de ese número había nombres, familias, conversaciones inconclusas, mañanas comunes que nunca llegaron a la noche. Y el dolor no terminó cuando se disipó el humo. Las familias cargaron una ausencia que no podía acomodarse ordenadamente en el pasado, mientras sobrevivientes y socorristas llevaron consigo heridas visibles e invisibles durante años y décadas.
El 11 de septiembre también proyectó una sombra más larga sobre nuestra nación y el mundo: a través de la guerra, la erosión de libertades civiles, la vigilancia, la tortura y una política del miedo cuyas consecuencias todavía permanecen entre nosotros.
Cargo esas memorias como neoyorquino, como servidor público y como musulmán.
En 2001, el año en que nuestra ciudad fue atacada, las y los neoyorquinos me eligieron para representar al Distrito 7 en el Concejo Municipal de Nueva York, donde serví como el primer y único miembro musulmán durante mi mandato. Diecisiete años después, también me convertí en el primer musulmán electo al Senado del Estado de Nueva York.
Nunca he tomado a la ligera lo que representa ese camino. Tras el 11 de septiembre, demasiados neoyorquinos musulmanes fueron obligados a sentir que su fe los convertía en sospechosos. Vimos cómo se profundizaba la islamofobia, cómo las familias inmigrantes cargaban nuevas ansiedades y cómo el miedo se utilizaba como justificación para políticas que pusieron a prueba los límites de nuestras libertades civiles.
Hoy, cuando las comunidades inmigrantes y religiosas vuelven a ser señaladas como blanco de la ira política, y cuando derechos fundamentales enfrentan nuevas presiones, el vigésimo quinto aniversario del 11 de septiembre nos exige hacernos una pregunta difícil:
¿Qué hemos aprendido sobre la manera en que el miedo puede cambiar a una nación?
Veinticinco años después de que demasiados neoyorquinos musulmanes fueran tratados como extraños en su propia ciudad, la Ciudad de Nueva York está dirigida, por primera vez en su historia, por un alcalde musulmán. Ese hecho no borra la islamofobia ni pone fin al trabajo de enfrentar el odio. Pero sí dice algo profundo sobre la capacidad de esta ciudad para crecer más allá del miedo.
El alcalde Zohran Mamdani le dio una expresión significativa a ese progreso antes de este aniversario, al firmar órdenes ejecutivas que establecen el 11 de septiembre como el primer Día oficial de recuerdo y servicio de toda la ciudad, y que fortalecen la capacidad de Nueva York para mantener servicios esenciales durante emergencias.
Para mí, esa misma responsabilidad ha guiado mi trabajo en Albany. Como presidente del Comité de Servicio Civil y Pensiones del Senado, he trabajado para asegurar que quienes respondieron al llamado de Nueva York después del 11 de septiembre —y las familias que han cargado las consecuencias de ese sacrificio— no sean olvidados cuando terminan las ceremonias.
Por eso patrociné S.10605 y S.10085A, para fortalecer las protecciones de los socorristas del World Trade Center cuyas enfermedades y reclamos no pueden quedar encerrados en un calendario arbitrario. Por eso luché por la Ley Ignazio Giacalone, que honra a las familias de los trabajadores de saneamiento que perdimos a causa del 11 de septiembre y sus secuelas. Y por eso revivimos, hasta el 2030, el Grupo de Trabajo para la Protección de los Trabajadores del 11 de Septiembre mediante S8181.
Estas medidas tienen alcances distintos, pero comparten un principio sencillo: quienes respondieron al llamado de Nueva York nunca deberían tener que pelear contra Nueva York para recibir los beneficios y protecciones que se ganaron. Nuestra obligación con ellos no expira simplemente porque pase otro aniversario.
Hay algo profundamente neoyorquino —y silenciosamente poderoso— en esa verdad: veinticinco años después de que los musulmanes fueran recibidos demasiadas veces con sospecha tras el 11 de septiembre, dos servidores públicos musulmanes están ayudando a Nueva York a honrar a quienes perdimos, proteger a quienes respondieron al llamado y acompañar a las familias que todavía cargan aquel día consigo.
La historia no siempre avanza en línea recta. Los derechos pueden ser amenazados, y viejos prejuicios pueden regresar vestidos con un lenguaje nuevo. Pero las voces más fuertes de la división no tienen por qué escribir nuestro futuro. Las y los neoyorquinos han demostrado, una y otra vez, que somos capaces de escoger algo más grande que el miedo.
Lo demostramos incluso el mismo 11 de septiembre.
Ese día, bomberos subieron escaleras hacia el peligro mientras miles descendían buscando seguridad. Oficiales de policía, paramédicos, trabajadores de la construcción, enfermeras, trabajadores del transporte, servidores públicos y personas comunes corrieron hacia desconocidos cuyos nombres no sabían. Neoyorquinos hicieron filas para donar sangre. Restaurantes alimentaron a los equipos de rescate. Vecinos buscaron a vecinos. La gente abrió sus hogares, sus manos y sus corazones.
En aquellas horas, no importó de dónde venía alguien, cómo rezaba, a quién amaba ni qué política defendía. Lo que importaba era que otro ser humano necesitaba ayuda. Eso también forma parte de lo que debemos llevar hacia adelante.
Porque la memoria nos exige más que ceremonia. Nos pregunta si la compasión que celebramos al mirar atrás es algo que estamos dispuestos a practicar en el presente; si podemos construir solidaridad dentro de la arquitectura cotidiana de nuestra democracia, mucho antes de que una catástrofe nos recuerde que nos pertenecemos unos a otros: en la niñez cuya educación financiamos correctamente, en la persona mayor cuya dignidad defendemos, en la familia inmigrante cuyos derechos protegemos, en el trabajador cuya labor respetamos y en el vecino en crisis a quien nos negamos a dejar desaparecer en el silencio.
Ese es el significado legislativo de la empatía: convertir nuestra preocupación por los demás en obligación pública.
Veinticinco años después, no quiero que el miedo tenga la última palabra. Quiero que recordemos las manos extendidas entre el humo y la confusión, y a una ciudad herida más allá de toda medida que, aun así, encontró formas de cuidarse a sí misma. Y quiero que convoquemos ese mismo instinto ahora: no porque estemos de acuerdo en todo, no porque nuestras diferencias hayan desaparecido, sino porque la democracia nos pide reconocer algo más profundo que la diferencia: la humanidad de la persona que está a nuestro lado.
Siempre habrá quienes encuentren oportunidad política en la división. Nuestra responsabilidad es encontrar poder cívico en la solidaridad.
Rechacemos la política que nos enseña a temernos unos a otros. Defendamos los derechos de musulmanes, judíos, cristianos, inmigrantes, comunidades negras y latinas, neoyorquinos LGBTQ+, personas de toda fe y personas sin fe; no de manera selectiva, sino porque la dignidad pierde su significado cuando la repartimos por porciones.
Escojamos la empatía sin renunciar a la justicia, la paz sin renunciar al valor y la unidad sin exigir uniformidad.
Y al conmemorar estos veinticinco años, mantengamos cerca a quienes nunca regresaron a casa, y a las familias, amistades, colegas y comunidades que han cargado su ausencia desde entonces. Un cuarto de siglo puede medir la distancia desde aquella mañana de septiembre, pero no puede medir la profundidad de una pérdida que continúa a través de generaciones. Recordarles es negarnos a permitir que el paso del tiempo haga sus vidas más pequeñas en nuestra memoria.
Y enseñemos a la generación que heredó el 11 de septiembre como historia que el memorial más grande que podemos construir no está hecho de piedra.
Es la sociedad que decidimos llegar a ser.
En las secciones a continuación, encontrará recursos comunitarios, oportunidades de empleo, eventos y actualizaciones de nuestro distrito. Espero que los lea, que comparta aquello que pueda ayudar a alguien que conoce y que continúe construyendo con nosotros una comunidad donde la solidaridad sea más que algo que recordamos de nuestros días más difíciles: que sea la forma en que vivimos todos los días que vienen después.
En solidaridad,
RJ
*Siga en contacto conmigo a través de mis redes sociales (enlaces en los iconos abajo) y suscríbase a nuestras actualizaciones electrónicas semanales.*
|